
La mañana del 20 de diciembre de 1967, embalados en 21 cajones y 32 embalajes, llegaban a Madrid los más de tres mil objetos —pisapapeles, bolas de cristal, fotos, recortes, cuadros, cajas, figuras, máscaras, espejos, ramos de flores de cera metidos en fanales...— que aquel hombre rechoncho, con cara de mazapán, fumador empedernido de pipa, vestido siempre con trajes «ramonianos» y pajaritas de lunares había ido atesorando en el despacho de su casa de Buenos Aires, en la calle Hipólito Irigoyen, convertido en almoneda, trapería, en desván o trastero, y que su viuda Luisa Sofovich había donado al Ayuntamiento tras su muerte.
Ramón solía escribir de madrugada, con tinta roja como la sangre de los plebeyos, en cuartillas de un papel ligeramente satinado. La luz del torreón de la calle Velázquez permanecía a veces encendida toda la noche, como un faro, y ya amanecido, cuando el sol entraba tímidamente por los ventanales, se tomaba un «nombutal» y se metía en la cama —la muñeca de cera velándole sus sueños— confiando en que todo el mundo hubiera leído con atención el aviso que figuraba impreso en sus tarjetas de visita, debajo del número de teléfono: «Después de las tres de la tarde».
En el Café y Botillería de Pombo organizó la tertulia más conocida del siglo. Allí se reunía los sábados por la noche con Bergamín, Solana, Barradas, Rivera y allí lo visitó Picasso en su último viaje a Madrid, en 1917. Se cuenta que en un momento de su vida llegó a tener cuatro casas alquiladas en diferentes barrios de Madrid, llenas de papeles, todas, y botes de tinta, con una gran mesa de pino en cada una donde escribía hasta tres o cuatro libros al tiempo. Cuando se fue a vivir a Estoril, mandó construir una mesa especial, llena de pupitres y tableros abatibles que le permitía trabajar en ocho manuscritos, sin tener prácticamente que moverse. Allí, cuando se quedó sin dinero, tuvo que vender sus libros. Le pidió discreción a un librero que a los pocos días publicó en los periódicos un anuncio: «Se vende la biblioteca del excelentísimo señor Gómez de la Serna».
La guerra acabó apagando su estrella. A mediados de agosto de 1936, en Madrid, a los quince días de oír ametralladoras, vio pasar por la calle, vestido con mono azul de miliciano y un pistolón al cinto al poeta y bohemio Pedro Luis de Gálvez. Al día siguiente se decidió a abandonar España. Tapó las ventanas con colchones, y pasó tres noches rompiendo papeles. Envió a Buenos Aires treinta paquetes con todos los libros que había publicado hasta el momento, cerró su casa y le dio las llaves a la portera: «Cuando pasen 17 días —le dijo— entre y quédese con todo lo que quiera». Y allí quedó su biblioteca y todo su universo extravagante.
Es sus maletas, camino del exilio, no faltaban sus inconfundibles corbatas de lazo, oscuras con lunares amarillos, o amarillas con lunares oscuros.
Jesús Marchamalo, 39 escritores y medio.
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